Oliveira querido – 13/10/13

Apenas, casi herido, casi huido, casi precipicio sin fondo, la parte trágica de la comedia, remedio y fuga; impostor de cuentos de hadas, hada al desuso de la ilusión tímida, de lo brazos que no aprietan ni ríen, ni vuelan. Esclavo de la pena de consumo, del ritual constante de la distancia etiquetada con kilómetros, de la cercanía atendida con mimo.

Albergue de mariposas, una noche y desayuno: mañana viento. ¿Dónde estás Oliveira querido? quién te va a querer más a ti que tu pena, olvídate del Sena, y de las lúgubres noches de luces frías, y sus mujeres noches de luces lúgubres. Vuelve a Buenos Aires querido, vuelve, y cafesito en plaza, y Corrientes con obelisco rosado y casa erguida. ¿Dónde te fuiste?, te fui a buscar, a penas llego, a penas vuelvo, a penas adjetivo un sintagma en la mesita de noche, de mañana y arena.

Suerte que retoños quiebran y que luces vuelan, suerte que yo mi soy existo y a penas nada, suerte.

¡Qué exagerado Olivera!, pero se te quiere.

Aprender (a modo de artículo desempolvado).

Aprender es un oficio serio, no valen videojuegos. 
No se trata de tomar apuntes, ni de quedarse descansado en conclusiones; aprender requiere algo más: platos limpios, neveras llenas, espacios tranquilos, mundos propios, y ajenos.
El punto de partida es diverso, indescifrable, indescriptible y maleable, pero seguro es perceptible. Retahíla de adjetivos, descripción.
Lo de oficio se queda corto, y excesivamente profesional, pero cada uno que aprenda.

Revisión: El soldado aprende el frente que la guerra es horrible, y que la manta de lana abriga, y que la vida ajena acoge, y echa de menos al enemigo cobarde de otro bando con el que jugar a las cartas. Desastre de guerra para aprender mantas y amistades.

Ficción de lugar: aprender en Atacama lo enorme que es el corazón que va de lo propio a lo ajeno.

Paco se ha ido

El flamenco hay que atarlo corto, que si no revienta en las venas. Todo el mundo lo sabe, no hay dos sin tres, ni pena sin cante grande que no acabe por herir un poco la madrugá.

Es la maldición de quien abre las ventanas hacia dentro para dejar que todo salga fuera. Los flamencos bien lo entienden, antes o después, si no ahora, dos o tres calles más arriba, por una esquina sale el compromiso que se sabe ineludible, porque este arte también quema: carbón y pena.

Tanto flamenco le lleva a uno por delante, por mucho encuentro con alumnos de Berklee que uno se plantee, por mucho que un público que no reconoce aplauda; son las palmas de la última fila las que más llegan.

Cuando te tiran a la piscina desde niño, y te da por nadar, acabas siendo más pez que persona, más monstruo de miedo, sol y sangre que bañista de domingo y sombrilla. En el clásico conocen el cuento: niños que con trece lo tocaban todo y con veinte ni te cuento: ¿un revolucionario? un trozo de hierro entre yunque y martillo al que le sobran huesos, con más fuego del que le toca y con una inmensidad que nunca acaba de doblegarse.

Se ha ido Paco, y con el una época, que estará toda de juerga recibiéndole y diciéndole algo así como “ahora sí Paco, ahora sí, olvídate de todo y toca, que ya no importa la madrugá”.

Pero los flamencos, y las flamencas, se quedan, subiendo la misma cuesta, escuchando las palmas que importan, y esperando que las venas no revienten y que si lo hacen que estén solos en mitad de la cueva, para que no se ponga todo perdido.

Gracias a todos, los que se han ido y a los que se quedan, gracias Paco, te llevas tanto que no queremos que nazca otro igual, queremos que no dejes de tocar, estés donde estés, sin pena ya que reviente, todo caudal, y cántate algo, que por allí hay gente que sabe escuchar.

Setas y pelotazo

Soy de Alicante, cuna y feudo del pelotazo. Si tuviera que empezar un libro basado en las aventuras de un mozalbete medieval, supongo que las empezaría así.

Soy de Alicante, pero ahora mismo vivo en Barcelona, así que la noticia de que habían instalado setas gigantes en una de sus calles céntricas y olvidadas, me pilló con la sorpresa del chiste que luego resulta que no hace tanta gracia: la señora alcaldesa se ha cascado unas cuantas setas tamaño gigante en todo el centro de Alicante, en plena asfixia del presupuesto público, la alcaldesa buen rollera va y se sube a lo alto para esta doble pirueta y giro (con caída en piscina de goma espuma, una vez más).

El caso es que la ubicación no es aleatoria, ni la intención, es lo que se llama un “pelotazo urbanístico a la antigua”, en muchas grandes ciudades nos lo explicarían muy bien: usted coge una zona, permite que se hunda a nivel social y económico, obteniendo así la caída del valor de sus inmuebles, que posteriormente va comprando de forma más o menos directa, con amigos y conocidos a los que debía o le deberán un favor. Luego rehabilita la zona con inversión en infraestructuras, fachadas, plazas y los valores añadidos que se le ocurran, desde unas setas a una expo, lo cual provoca una subida de los precios de los inmuebles y las consecuentes plusvalías para los propietarios. No es nada nuevo, ya está inventado, “nunca subestimes la previsibilidad de la estupidez”, como dice Mr.Wolf en Pulp Fiction

Suponiendo que las similitudes con esta maniobra clásica fueran accidentales -un accidente más de los que se da en la Comunidad Valenciana hoy por hoy-, la explicación de “dinamizar la zona” tampoco cuela.

Entré a hablar con una comerciante de la zona, elegí una tienda de ropa de niño  adrede, y a mi primera pregunta de qué le parecía me dijo que “tenía dos visiones enfrentadas”, por un lado nunca había pasado tanta gente por la zona – y sobre todo tantos niños y padres-, pero por otro lado no le gustaba la idea. La vi bastante confundida, ya que tras años de olvido por parte de las autoridades, de repente setas y alegría. Algo así como cuando alguien llega con un plan estupendo para ti, y no acabas de entender qué quiere, y menos aún te acabas de creer que eso no vaya a tener su precio, y más aún, que sin ni siquiera pedirlo te pongas hasta arriba de consecuencias.

Dinamizar una zona significa invertir en sus dinámicas sociales y culturales, potenciando las socialmente relevantes(1), generando estructuras que las sustenten y las fomenten, y permitiendo que parte de estas iniciativas puedan tener un impacto económico de larga duración – por ejemplo, la tienda de ultramarinos que pasaba de padres a hijos, la sastrería que era a la vez escuela de oficio, etc-. Poner unas setas enormes no es dinamizar nada, en este contexto es reírse de la gente: gran impacto en el corto plazo, con proliferación de negocios siguiendo el efecto novedad, que una vez pasado, no deja nada y hacen evidente que salvo dinero para unos cuantos, tampoco ha generado nada, más que un espejismo, una ilusión de avance de esas de las que se nutre el sistema hoy en día. Y de esto último creo que no hace falta que ponga ejemplos, al menos para la gente de Alicante, o de tantas otras zonas de España donde hay auténticos monumentos fantasma a la especulación, y tantas vidas en el camino al espejismo.

Una vez más me asoma la intuitiva pena de que mi ciudad, donde he nacido, y vivido hasta hace dos meses, es víctima de una ausencia de identidad, de una desvinculación total de su paisaje, no hay otra explicación para que tanto muerto de avaricia se la coma por los pies con su especulación. Me acuerdo de mi padre citando a Fuster, que siendo un tópico, me vale, porque seguimos igual: què vos passa valencians?. Y aún no lo entiendo, ni lo sé responder, pero cada vez me da más pena y vergüenza el que ens passa a nosaltres, valencians. No sé por qué, pero es una ciudad que se deja devorar, y si no cambia algo, antes o después todo serán pubs de moda, pelotazos de moda, sombras y setas.

Instalación de setas en la Calle San Francisco.
Instalación de setas en la Calle San Francisco.

1 Aquellas que benefician al bien común, fomentan el desarrollo humano y cultural, permitiendo que se de un efecto de entropía positiva en la comunidad y el entorno. Esto que suena tan difícil dicho así, hay gentes y equipos de gentes que saben hacerlo.

Norte

Las ocho de la mañana y la ciudad aún no amanece. Los bancos están llenos de gentes esperando a que suene una melodía, a pesar del frío intenso.

Hace tiempo ya que las fábricas no funcionan, el sistema acabó de quebrar, y con él todos los amores que se besaban en sus brazos: pena intensa desparramada por las redes, que no tardaron en cerrar.

Nadie lo esperaba, pero un sentimiento de tranquilidad se fue apoderando de la población; el caos paso de largo en apenas dos semanas, luego la paz.

Los tejados se llenaron de músicos, los edificios altos quedaron inhabitados por resultar estúpidos para el ser humano. Acabarán por caerse como recuerdos de vidas tristes, la música desde allí arriba no llega.

Las tazas de café salieron a las calles, con las personas pegadas a sus asas: la vida volvió a las ciudades de forma tranquila, con el frío y el vapor que se condensa, desde el norte. Bajo tierra sólo los topos, de nuevo.

Claro que luego llegó el verano. Con él la hierba, y la trompeta que estallará contra el verde, mientras la alegría sale del barro entre la nieve que se deshiela, ni ganas de separar lo marrón de lo feliz, misma sustancia donde tumbarse.

Podría pasarte a ti también. Aunque tanta ciudad propia.

 

 

Síntoma

Enfermar, de diagnóstico o de entorno, tiene que ser un proceso lento, como envejecer, pero mucho más imperceptible, nadie se da cuenta, por lo general ni uno mismo. El calidoscopio se va llenando todo de rojo o de gris, o incluso va chorreando los colores hasta que todo es blanco y negro. No nos damos cuenta hasta que vemos todo rojo, verde, o blanco y negro, y lo que es más habitual, a veces no nos damos cuenta hasta que otros nos hacen ver que tenemos el calidoscopio todo monocromático.

No tiene que ser nada fácil salir a la vida con el calidoscopio roto. Si por lo normal fabricar el instrumento, aprender a usarlo, y defenderse de ataques al ojo propio por el ojo ajeno cuesta, darse cuenta de que se ha roto, o que funciona mal, tiene que ser angustioso, de una soledad inconsolable.

Todo el mundo recomendará especialistas a los que llevar el artefacto, incluso expertos místicos que conseguirán que te liberes de él y adquieras una visión global y cósmica; pero eso no cura la soledad, ni el toro que entra corriendo en la corrala, ni la inseguridad de vivir prácticamente a tientas con otras personas y bestias.

Además, andar con el calidoscopio roto genera alarma social: las rutinas no están hechas para que nadie ande por ahí viendo cosas todas en rojo, gris, o en blanco y negro; asusta, molesta y resulta del todo incómodo, sobre todo de 8.30 a 9, cuando se está en el metro con la rutina toda abarrotada, o de 20.30 a 21, disfrutando de la rutina toda desparramada.

Supongo que la primera solución histórica fue la de las dos filas, “aquí los de calidoscopio roto”, “aquí los del calidoscopio bien”, y “no se mezclen los unos con los otros, que los calidoscopios se rompen sin querer”. Poco a poco se fue llenando de vergüenza y culpa lo de tener el prisma roto, y ya se encarga esta sociedad nuestra, con su moral cristiana, de que la vergüenza y la culpa sean notorias, y que calen bien en la persona, y de que “nadie se equivoque, tener el prisma roto es muy grave”. Para ver hasta dónde hemos llegado, basta con observar que en esta nueva reforma del Código Penal se presume la peligrosidad de cualquier persona así – supongo que salvo caso de que el sujeto sea familiar del Ministro de La Corrección, El Orden y La Justicia Suprema-.

Hoy en día, tener el calidoscopio roto, a efectos prácticos significa que ya no sólo no te puedes salir de tu fila, sino de que no te puedes salir de las diferentes asignaciones, instrucciones y complementos definitivos que te da la sociedad. Es como si tuvieras un casillero, donde dejaras tus pertenencias, para recogerlas cuando salgas de las instalaciones precarias de prismas rotos, posiblemente el peor de los lugares, ya que no tiene paredes, ni puertas, ni límites, solamente silencio e indiferencia: sólo en la corrala, con el toro suelto y a tientas.

Con el tiempo no sólo el prisma se rompe, sino también la persona, y eso ya empieza a ser el desenlace, aunque también la solución que tan bien le viene a la sociedad -y si no, que lo demuestre-, pues la persona se recluye, se aísla, no le interesan los colores, ni los prismas, ni los azules, ni las formas: asume la derrota y se retira, ya no habrá injerencias en el metro de las 8.30, ni en el ocio de las 20.30.

Qué bonito, qué clase, qué nivel que empatía, sobre todo para una máquina acostumbrada a saltar sobre las personas, a pasarles por encima, o dejarlas en el andén si no llevan billete, vayan donde vayan, sean quienes sean. Ni vergüenza queda, pero avergonzar sí que avergonzamos y señalamos, y difundimos, y estigmatizamos…  hasta que un día empezamos a ver un poco más de rojo, y salimos corriendo a que nos ayuden y nos socorran, pero miramos en el bolsillo, y si no llevamos unas monedas, nos quedamos en el andén, vayamos donde vayamos, busquemos la ayuda que busquemos, nadie se haré eco ni de nuestro pánico.

Por suerte, por humanidad a caballo contra gigantes, hay gente que se para y da la mano, y este artículo, esta reflexión, están dedicados a todos los que van a pie, en carro, moto, o bici, pasando por los andenes, para recoger gente. Para dar la mano, no para juzgar el color, ni el prisma roto, ni para caer en la beneficencia de la pena, sino para decir no estás sólo, yo te veo, te acompaño, para hacer a la “persona” persona, pues puede que el prisma este roto, pero ningún otro órgano, ni siquiera un órgano, un prisma, ni tan siquiera una persona, un calidoscopio.

A Penny, a Lulú, a Pepelu, a Queco, a Carlos, a Elena, a Sonia, a Ángel,  a los demás que no conozco,  a todos vosotros.

P.D: Por supuesto, podemos dejar a estas gentes solas, podemos cerrarles las facultades, dificultarles la formación, tergiversarles las intenciones, intentar derrotarles en el campo sucio de la guerra por un sueldo, pero no se rendirán, el primer espíritu de la humanidad habita allí. También podemos escucharles, y escucharnos a nosotros como sociedad, seguro que lo que plantean es más humano, seguro que cabemos todos, y seguro que está hecho para todos. Claro que también podemos seguir igual, hasta que algún día, por lo que sea, nos quedemos tirados en el andén.

Música, ensayo de vida y ficciones, al oeste del Mediterráneo.